Porque conocer Venezuela es amarla

I Carta. Octubre de 2009

„Si no me encuentras enseguida, no te desanimes. Si no estoy en aquel sitio, búscame en otro. Te espero…en algún sitio estoy esperándote.” (Walt Whitman)

Querida hermana:

Te escribo no solo para  agradecerte las tres semanas lindísimas que pasé contigo viajando por Venezuela, sino por el año pasado entero, por todo el tiempo que vivimos juntas y por hacer nuestra familia más grande y culturalmente mucho más rica. Cuando me preguntan cuántos hermanos tengo, sin pensar contesto que dos, una húngara y otra venezolana. ¿Acaso hay alguna diferencia? Primero nace uno de los hermanos, vive en el hogar y espera pacientemente la llegada del otro y cuando por fín se produce la llegada, le enseña su mundo, se ayudan mutuamente, se aman. Nuestro caso es especial: veníamos de dos mundos distintos, pero las diferencias, con el paso del tiempo, fueron desapareciendo y gracias a esto ahora no tenemos  uno, sino dos hogares y una sola familia más numerosa.

Nunca olvidaré las horas probablemente más desesperadas de mi vida, cuando faltaban sólo dos días para mi viaje y visité a la amiga de tu mamá que vive en Buenos Aires. Cuando le dije que no tenía permiso firmado por los padres para entrar en Caracas, siendo menor de edad, primero me miró sorprendida, después se puso pálida y me contó que entonces sería muy difícil cruzar la frontera. Esa tarde la pasamos llamando a embajadas, consulados y aerolíneas y escribiendo cartas y yo iba desesperándome más y más a cada minuto y con cada detalle. Mi historia con Venezuela empezó aquel día, porque hasta entonces deseaba tanto verte que ni había pensado en paisajes, nueva gente, las bellezas que nos ofrece el encuentro con otra cultura (bueno, un clima mejor sí porque me volvía loca el insoportable frío argentino), pero al sentir lo mucho que me dolía la posibilidad de que me negaran la entrada, me di cuenta de que quería respirar aire venezolano, ver el Caribe, conocer los Andes, o sea, estar allí… y entender por qué era todo tan exageradamente complicado…

mi-llegada-al-aeropuerto-internacional-de-maiquetia-simon-bolivar-de-caracas Llegué al aeropuerto y lo primero que vi fueron los cerros de Caracas (que, como me lo explicaste luego, se correspondían a las villas de Buenos Aires), la playa y los rayos del sol, que hasta por la tarde eran intensamente brillantes. Bajé del avión, suspiré y el deseado calor me llegó como una caricia de un viejo amigo. Ya sabía que me iba a encantar. Pero aún tenía que pasar inmigración y otra vez me llené de miedo y entregué mi pasaporte con la mano temblorosa. Al ver que simplemente lo sellaban, me tranquilicé y me entregué totalmente a disfrutar el viaje.

Cuando te vi corriendo hacia mí, el sol ya se había puesto y los rayos le habían dado lugar al crepúsculo. Esta fue mi segunda imagen de Caracas, la única ciudad que visité y de la que no sé exactamente qué pensar. Sabía que era el segundo lugar más peligroso del mundo, y, para ser sincera, me asusté al experimentarlo. Por un lado, ahí estaban los miserables cerros, con sus casitas de lata, tan cerca unas de las otras que si viniera un terremoto, no habría forma de escapar y donde morir por una tontería es el pan de cada día. Luego, recuerdo cuando tu tío, antes de llevarnos al centro, miró mi cuello y me preguntó amablemente, esbozando una sonrisa, si ese collar era muy importante para mí. Cuando le contesté que nunca me lo quitaba, ya ocultando cortésmente la risa que le causó mi evidente inocencia, me dijo que era mejor que hiciera una excepción, porque si no, fácilmente terminaría perdiendo querido collar…Ya en el centro no me sorprendió que tú me quitaras la cámara para no tomar fotos paseando, sino caminando rápido y que le mandaras un mensaje a tu tío cada hora diciéndole: ”Estamos bien.” Después de dos días en Caracas tampoco me pareció raro que, viendo lo maravillada que estaba yo al descubrir que los carros se saltaban los semáforos en rojo, me contaran que si uno se paraba, le robaban.

Por otro lado estaba el centro que conserva casi de forma milagrosa sus edificios de la época de la colonización, como si fueran fotos de las páginas de un libro antiguo, había palmeras, y , como en todas las poblaciones venezolanas, la plaza mayor llevaba el nombre de Simón Bolívar, el libertador y héroe nacional del país, quien, como comprobaría después, tiene una estatua con su caballo hasta en el pueblo más chiquito. Y naturalmente, en Caracas también hay barrios lujosos (aunque sé que no es la palabra adecuada, ya que cuando ustedes dicen  ’barrio’, se refieren a una villa miseria, pero nunca me pude acostumbrar a usarlo en este sentido), como por ejemplo Chacao, donde nos quedamos nosotras, y que, como dijiste, es como Palermo en Buenos Aires. En resumen, creo que jamás podré decir que conozco bien la capital, aunque vuelva cien veces, y me parece que los que no son caraqueños, tampoco.

Y hasta aquí mis impresiones de Caracas, querida hermana, y de nuestro esperado reencuentro. Aún me queda mucho por contar y por agradecerte. Pero dicen que los buenos perfumes vienen en frascos pequeños. Y este viaje fue demasiado especial como para poder contarlo en una sola carta.

Pronto recibirás otra carta.

Te quiere,

Lili

(Kovács Lili Krisztina, 11b)

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