En diciembre volví a casa tras una experiencia de tres meses en España y aunque puedo afirmar que me lo pasé requetebien, me alegro de estar en casa.
La aventura empezó el 4 de septiembre de 2009. Después de un vuelo directo a Madrid, participé en unas convivencias dirigidas a todos los intercambistas que habían venido a España. Allí nos conocimos, hicimos actividades en común y nos explicaron las cosas que podíamos y no podíamos hacer durante esta experiencia, a no ser que quisiéramos volver pronto a casa…
Después del campamento, que duró dos días, conocí a mi familia de acogida. Como yo iba a vivir cerquita de Madrid, me recogieron en el albergue donde nos habíamos alojado. Los que iban a vivir en Andalucía, Cataluña o en el País Vasco tuvieron que pasar todo el día viajando.
Mi familia, los Martínez de Pisón, estaba constituida por el padre, Iñigo, que era abogado y profesor de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid; la madre, Mónica, profesora de griego y latín en el instituto de Colmenarejo (un pueblo cerca de Madrid), y el hijo, Iñigo, estudiante de segundo de Bachillerato. Tras de un viaje de 15 minutos, llegamos a la urbanización donde iba a pasar tres meses.
La urbanización estaba en Villafranca del Castillo, a unos 25 kilómetros de Madrid. Allí viven aproximadamente 5000 personas, y no había demasiadas cosas que hacer. Las urbanizaciones aquí son comunidades urbanas de carácter residencial, cuyos habitantes van a trabajar a la ciudad, por eso también se llaman ciudades dormitorio. Hay muchas de ellas rodeando Madrid. Vivir aquí tiene algunas ventajas ya que son muy tranquilas, y la mayoría tiene espacios verdes o parque, así que son muy agradables y no se nota que estamos al lado de una ciudad de 5 millones de habitantes. También tiene desventajas como que el transporte público funciona bastante mal ya que los autobuses pasan con poca frecuencia, así que es muy chungo bajar a Madrid. Además tardan mazo tiempo en llegar a la capital, porque realiza varias paradas. Yo tenía el abono joven con el que podía coger todos los autobuses y podía usar todas las líneas de metro, así que podía bajar a Madrid tantas veces como me daba la gana.
Iba al instituto de Villanueva de la Cañada, una ciudad pequeña de 15 000 habitantes y a unos 10 kilómetros de mi urbanización, así que tenía que coger el autobús todas las mañanas. El instituto se llamaba I.E.S. Las Encinas. El edificio era impresionante, (casi tanto como el del nuestro… ¿no?) Había unos 2000 alumnos y todo era muy moderno. Tenía un patio bonito, varias pistas de baloncesto y campos de fútbol. También contaba con un parque pequeñito. Las clases empezaban a las 8:30, pero las puertas del insituto solo las abrían a las 8:25, así que si alguien llegaba antes, no podía entrar. Me parecía una tontería tremenda, porque aunque por las tardes hacía un calor insoportable, por las mañanas hacía bastante frío.
En la primera semana hicimos la matrícula. Como iba a asistir a primero de Bachillerato se podía elegir entre tres modalidades: humanidades, sociales y ciencias. Yo, para no tener que dar mates, física y química, elegí humanidades y, como optativas, cogí ampliación de inglés y religión. Más tarde lamenté no haber cogido mates, porque, aunque no me gustan para nada, podría haber seguido con la materia y ahora no tendría que recuperar tanto… También tuvimos la oportunidad de apuntarnos a alguna actividad deportiva. Yo elegí badminton porque antes nunca había practicado este deporte y tenía mucha curiosidad.
Por las tardes, aparte del badminton y de tocar la guitarra, no tenía muchas cosas que hacer. Como mi “hermano” pasaba todo el rato estudiando y había que estar en silencio para no distraerlo, yo siempre que podía bajaba a Madrid para dar un paseíto e ir conociendo la capital, o para quedar con otros intercambistas que también vivían en las cercanías de Madrid. Con mis compañeros de clase no bajé muchas veces porque como ellos no tenían el abono joven les habría salido bastante caro ir y volver a Madrid.
En Madrid vi el Museo del Prado, el Museo de América, di paseos por la Puerta del Sol, el Parque del Retiro, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, la Plaza de España, la Plaza de Oriente, etc. Pero lo más guay fue el partido del Real Madrid contra el Getafe en el Estadio Santiago Bernabeu. Fui con un chico húngaro-cubano, que trabajaba en Madrid como economista y era el presidente de la organización de los fans húngaros del Madrid. Estábamos justo encima de una de las puertas. Cuando llegamos a nuestro sitio me quedé alucinando, boquiabierto. La vista era flipante, en el estadio había 85 000 personas, lleno. Molaba mazo. Cuando marcó Higuain todo el estadio explotó. Antes de irme yo era del Barça, pero esa noche lo cambió todo, ahora soy del Madrid.
Aparte de Madrid tuve oportunidad de ver pueblos y ciudades como Ávila, Chinchón, Segovia, Comillas y Lastres. Todos esos lugares eran diferentes y cada uno tenía su propia magia. Ávila tenía una muralla rodeando el casco antiguo y una Plaza Mayor chulísima. En Chinchón había una iglesia en la que se guardaba un cuadro de Goya, en Segovia estaba el famoso Acueducto, pero también tenía una catedral preciosa. Comillas es un pueblo chiquitín en Cantabria, cerca de Santander, con una bonita costa. Lastres, que se situa en Asturias, también tenía una costa guapísima, y es conocido, porque una famosa serie española, llamada Doctor Mateo, se rueda allí.
Aunque me considero un chico abierto y sociable, al principio tenía problemas de integración. Cuando me encuentro en una colectividad no hablo mucho, siempre me cuesta abrirme, y en este caso los otros ni siquiera hablaban mi idioma. Me sorprendió que no me hicieran caso. Aquí si tenemos a algún intercambista siempre lo rodeamos, le hacemos preguntas, etc. Pues allí no. También estaba un poco deprimido, porque creía que hablaba bien español, pero me costaba entender el habla de los jóvenes. Pero después de una semana todo cambió, hice amigos y todo fue bien.
Antes de viajar a España hablé con Vanessa sobre el sistema educativo. También me contó cómo eran los niños, cómo se comportaban, qué hacían, etc. Pero me comentó que en el Bachillerato todo era diferente porque solo estaban allí los que querían seguir estudiando. Yo, como ya he dicho, estaba en primero de Bachillerato y después de la primera semana pude hacerme una idea de lo que pasaría en la ESO si los de Bachillerato eran así. Allí, aunque hacía muchas chorradas, yo pertenecía al grupo de los mejor educados. Me parecía que la mayor parte de los chavales solo estaban allí obligados por sus padres, que les decían que estudiaran y sacaran el bachillerato de alguna manera y después les pagarían la universidad. En una clase de 34 alumnos solo había una chica que no había repetido. Allí lo normal es que se repita curso. Si no has repetido les pareces un bicho raro.
Volviendo a la familia de acogida, todos eran muy buena gente, me ayudaban en todo y podía dirigirme a ellos con cualquier problema, pero me sentía como si hubiera venido a casa de una familia alemana. Todo era fijo, todo tenía su orden y su hora. Eran muy estrictos, no mostraban ninguna flexibilidad. Yo, antes de llegar a Madrid, conociendo a Vanessa y a José, y pensando en los españoles en general, no esperaba que la situación fuera así. Sabía que mi familia no iba a ser como la de los que habían ido a Andalucía pero no me imaginaba que la mía sería tan estricta. Como ya he dicho la madre era profesora. Puede que esto explique porque decía que nos pusieramos rectos, no soplaramos, etc. al padre, al hijo y a mí. También le pareció raro que el huevo frito lo comiera con cuchillo y tenedor, porque allí no se hacía así… Lo más chungo era salir. Como la zona donde vivía estaba bastante mal comunicada y como no pasaban muchos autobuses, siempre tenía que estar en casa a las 12 como muy tarde, (porque decían que no podían dormir hasta que no llegara a casa y no querían pasar el rato sin dormir hasta las 3) a no ser que durmiera en casa de un amigo.
En resumen me alegro de haber ido. Fue una experiencia que nunca olvidaré. Vi muchos sitios, conocí a muchísima gente, hice amigos, pero para mí lo más importante fue aprender a independizarme (como soy muy desordenado y desorganizado me vino bien circular por una ciudad de 5 millones de habitantes sin que me robaran algo y sin perder ninguna cosa) y aprender a valorar el trabajo que hace mi madre en casa. Aunque la experiencia fue magnífica, y sigo queriendo volver o ir a otro país para estudiar o trabajar, siempre me imagino viviendo en Debrecen. Es evidente que ahora en la época de la Europa unificada la gente vaya a otro país para trabajar o estudiar, porque así consiguen tener otro punto de vista del mundo. Pero me da mucha pena que casi nadie vuelva. Es siempre más fácil escaparse que quedarse e intentar mejorar las cosas. Bueno, ahora digo esto, quién sabe que pasará más tarde, pero una cosa es seguro: como en casa en ningún sitio.
Berényi Vince, 11b








Me gustaría compartir con vosotr@s la siguiente carta que me llegó desde Inglaterra, de una ex alumna mía muy querida. Eszter, en su época, se convirtió para mí en una especie de secretaria personal. Además de participar y ganar, por supuesto, en varias competiciones, me era de gran ayuda. Siempre tenía tiempo para gestionar los asuntos de la sección: traducir, comprar, organizar, editar nuestra revista, repasar informes, dar clases de apoyo, hacer entrevistas, etc, etc. Nunca llegué a saber cuándo estudiaba… Ya lleva dos años estudiando en Londres. Sobra decir lo orgullosa que estoy de ella (como de much@s otr@s alumn@s mí@s). Por muy poco que sea, espero haber aportado mi granito de arena a la formación como persona de esta futura abogada.
También soy la directora de marketing de una sociedad de la universidad que se dedica a la vida empresarial. Este semestre hemos invitado a personas que han creado sus empresas y el siguiente semestre también tendremos algunas charlas en la BBC.
Me pareció una eternidad, pero por fin llegó el día del comienzo del ENIBE (Encuentro Nacional de Institutos Bilingües de Español) en Szeged, en cuya inauguración daban a conocer el veredicto. En el momento en que Marta Cerezales, Agregada de Educación, explicó en qué consistían los premios de esta competición (participar durante dos semanas en una escuela de idiomas en la Costa del Sol española) yo temblaba como una hoja. Abrieron el sobre en el que estaba el seudónimo del ganador del primer premio y al escuchar que era el mío casi empecé a llorar. Luego me sentí muy feliz y pensé que con este viaje iba a cerrar un periodo de mi vida que definiría mi futuro también. Iban a terminar cinco años que pasé entre las paredes de mi instituto y los cinco años que dediqué al espanol, pero sobre todo a la cultura y literatura (partes que me interesan y encantan).
Este verano he tenido la posibilidad de pasar dos semanas inolvidables en Granadilla. Dicen que es importante conocer las tradiciones para saber de dónde venimos y, en este caso, he tenido la oportunidad de conocer las antiguas costumbres de un país que, actualmente, se asocia a la modernidad y a las ideas progresistas: España.